“El horizonte es la línea de la lejanía (…) Es la lejanía mostrándose bajo la forma del límite. Línea donde lo visible toca lo invisible. (…) el nexo entre ver y no ver. (…) el horizonte tiene algo que ver, simultáneamente, con lo finito y lo indefinido. (…) Rodea, contiene, define y, al mismo tiempo, derriba, esparce, sobrepasa. ”

(A. Prete. Tratado de la lejanía. 2010).

 

Estos paisajes no tienen localización geográfica. No surgen de fotografía, ni del natural. Surgen de un recuerdo o un anhelo. De crear lugares donde evadirse. Piezas que conecta con un imaginario colectivo de lugares, recuerdos y sensaciones de sitios que hemos vivido o en los que nos gustaría vivir. Lugares donde no pasa nada, ni siquiera el tiempo.

El paisaje como lugar seguro.

 

Pinto paisajes (principalmente).

Mi carrera profesional se centra actualmente en la disciplina de la pintura, concretamente en el paisaje. En la pintura me siento cómoda, me da mucha libertad, y el paisaje me permite acotar un espacio abierto imaginario que puedo guardar como un pedacito de espacio propio, seguro e idílico donde no pasa nada, ni siquiera el tiempo.

El cariño por el papel y utilizarlo de soporte para algunas obras viene por mi formación en grabado durante la carrera. De hecho, el grabado sigue siendo un buen y viejo amigo. Que mi obra actual esté o siga vinculada al papel no es casualidad. Con el collage y el marouflage disfruto la parte del juego, del puzle, de encontrar la pieza que encaja y cierra la composición. Estas técnicas me permiten disfrutar de la ruptura, de la imperfección, del papel en sí mismo,  sus texturas y fibras forman parte activa de la estructura de la obra.

Toda mi obra -pictórica o gráfica- tiene en común un universo propio donde las puertas, de forma amable y cuidada, están abiertas de par en par para que el espectador sea partícipe y consiga ubicarlas en su imaginario personal.