Visita al Museo de Bellas Artes de Valencia.

“No creo en Dios, pero sí en la divinidad que albergaban los artesanos que crearon maravillas en su nombre”.

Es la frase de un libro del que no recuerdo el título ni el autor pero que creo que encaja bien para el principio de esta pequeña reseña sobre mi paseo por el Museo de Bellas Artes de Valencia (mi museo favorito).

Lo primero que me llama la atención siempre es el exquisito trabajo de los ebanistas, la calidad de las maderas que después de tantos siglos siguen relativamente intactas. La grandiosidad, el oficio y lo que destacan los tonos rojos junto al pan de oro.

 

Fig.1

 

Que todos esos retablos y cuadros ocuparan viviendas, o espacios cotidianos y que en un principio estuvieran concebidos para lugares concretos me hace pensar en dos cosas:

  1. Qué exaltación del poder adquisitivo de la cristiandad.
  2. Los artesanos ebanistas/carpinteros eran, como se diría ahora, auténticos creadores de contenido. Cotizados influencers de las escenas divinas.

Ojalá poder ver alguna descripción del proceso de ensamblaje, de los materiales, etc. que ha hecho que aguanten sin desencolarse ni desarticularse más de cinco siglos.

A mi parecer, ese puzle de madera que es el retablo es como si fueran las bambalinas de un teatro. El esqueleto, lo real. Lo otro, -la pintura- es la ilusión de una imagen ficticia. Un trampantojo. La trasera -a mi parecer- son las entrañas, son la estructura que aguanta la ilusión, la piel, lo visible, la punta del iceberg.

De hecho, como dice Ortega y Gasset: “Es la obra de arte una isla imaginaria que flota rodeada de realidad por todas partes.”

La continuidad del arco de fuera, al arco de dentro y al arco pictórico/la escena, son las primeras insinuaciones de lo que hoy podríamos llamar: realidad virtual. Miras desde fuera, pero consigues “entrar” dentro. Los primeros planos en relieve siempre me activan las ganas de tocar, porque literalmente está ahí, delante, en 3D. ¿Cómo no querer tocarlo?

Un espacio posible e imposible que une lo profano y lo sagrado. Me reitero: realidad virtual.

Y en relación con esto, me resulta curioso como al ser humano le gusta vivir experiencias desde la lejanía a la realidad. Desde los límites físicos. La fascinación de que parezca real, aunque una parte de ti sepa que no lo es, pero, es que es tan real que parece de verdad.  ¿Y es que cómo no lo va a ser real si lo estoy viendo?

Los dispositivos de realidad virtual -gafas, sobre todo- son nuestros retablos y mamposterías. Y a creo que nos gustan -me incluyo- porque vivir requiere implicarse, pero observar solo requiere participar.

                                                                                                          Fig.2.                                                                                                                      

 Fig.3.

 

Pero volviendo a la mampostería, a ese puzle de anclajes y añadidos, ¿son igual de importantes ambas partes del todo? Totalmente.

Estas estructuras aguantan los espacios, los lugares, las historias y las imágenes en las que nos llevamos fijando y donde llevamos mirando siglos.

Los cuadros esperan marcos, y los marcos esperan cuadros. Lo que ocurra entre ellos mientras pasa el tiempo es solo cuestión de la época, y de los creadores y de los espectadores.

 

Fig.4

 

Y ya, por último, quiero comentar mis retablos favoritos: los que estuvieron concebidos para estar ocultos y seleccionadamente mostrados. Los trípticos abatibles. Pequeñas (o no) contraventanas abiertas a escenas concretas, que entiendo serían elegidas por decisión del que encargara la pieza, por preferencia del autor o quizá por moda de las diferentes épocas. Entiendo que no sería igual de solicitado un alumbramiento que un descendimiento de la cruz. O quizá sí.

Ahora expuestas, están abiertas, pero en el momento, se cerraban, con su armadura de madera para ocultar lo pictórico, el relato, un momento y un lugar.

Un adorno que a la vez que oculta de las miradas, genera proporcionalmente las mismas ganas de mirar las pinturas que viven dentro. Como correr una cortina opaca por donde no entra el sol para proteger lo íntimo y lo privado. Qué maravilla.

                                                                                                      Fig.5

Es muy curioso también de apreciar la evolución que va teniendo la armadura de las obras y como se pasa del retablo al marco. Del mueble al arte.

Es decir, de los frescos, a muebles de madera con imágenes anclados a la pared, a obras en tabla y en lienzo.

De lo inmóvil a lo móvil. A lo transportable, a lo viajero. De objeto a medida a objeto precioso.

El cuadro como un valor en sí mismo, no como un objeto concebido para un espacio. El cuadro como mercancía.

Actualmente tan viajero que viaja por lo invisible de las ondas a modo de obra digital con sus respectivos dispositivos de visualización.

Pero esa es otra puerta que ya abriremos en otro momento.

 

Fig.6.

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